Un laberinto de flores y cal

مهر, 1399 بدون نظر Uncategorized

Las calles del barrio de la Villa serpentean como un laberinto en torno a la parroquia de la AsunciÓn. De algunos muros encalados caen cascadas de flores, las antiguas casas solariegas entreabren sus zaguanes de recios muros y en las puertas de las viviendas los vecinos cuidan con esmero cintas, helechos y esparragueras. Castro del RÍo vive los Últimos dÍas de su VII concurso de patios, un certamen que este ha contado con una quincena de participantes y que ha convertido la localidad de la CampiÑa Este en alumno aventajado al aplicar con Éxito el modelo del Festival de Patios de CÓrdoba capital, reconocido como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

La DiputaciÓn y la FundaciÓn Viana, que este aÑo han organizado el primer concurso provincial de patios y rincones populares, han centrado una de sus cuatro rutas en Castro, un reconocimiento a la labor de unos vecinos entre los que cunde el entusiasmo y que no han dudado en abrir las puertas de sus casas de par en par para animar el turismo. Y, a diferencia de la capital, donde los visitantes hacen colas de varios metros para poder acceder a los recintos, sobre todo en el barrio del AlcÁzar Viejo, en Castro es posible aÚn testar el ritmo sosegado de la Villa, mantener una charla con los cuidadores de los patios, disfrutar del silencio y el frescor de los recintos.

Si se entra al casco antiguo por el arco del Agujero, la primera calle a la derecha lleva hasta Los Dolores, un callejÓn que ha recibido un premio que lo reconoce como el tercer rincÓn mÁs bello de la provincia. La primavera se despliega aquÍ en mejores macetas para huerto urbano de barro de las que brotan geranios y gitanillas, cintas y plantas del dinero. Las paredes, de un blanco inmaculado, sujetan faroles de hierro forjado y balcones enrejados. El suelo empedrado zigzaguea hasta un fondo sin salida. A la vuelta de este cul de sac, en el nÚmero 2, estÁ el patio de Francisco Luque, un pequeÑo claustro refrescado por palmeritas y helechos. En la mesa de granito del centro palidece un ramo de rosas en un jarrÓn, testigo de las tardes asfixiantes en el municipio, y dos robustas sillas de enea y patas de madera de olivo dejan claro que, sÍ, estamos en el municipio que ha hecho de esta artesanÍa su seÑa de identidad.

El callejÓn -relata el vecino- es cuidado por todos los residentes. Siempre hay una flor que se seca, una maceta que necesita ser regada mÁs que las otras, un pie de hierro que requiere de una mano de pintura. Una placa acredita que este rincÓn ha participado en el certamen provincial y eso, claro, ha hecho que a Castro hayan llegado en las Últimas dos semanas “mÁs turistas que otros aÑos”, dice el propietario.

De entre todas las casas participantes, la de Mendoza es la joya de la corona de la localidad. En el punto mÁs alto de la trama urbana, a este palacete del siglo XVI de gruesos muros se llega por la estrecha calle La Estrella. Cuenta la leyenda que doÑa Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli, estuvo confinada en Castro del RÍo y sufriÓ prisiÓn en esta mansiÓn. De la cautiva no queda ni rastro en sus dos amplios patios conectados por una puerta en forma de arco. Una colecciÓn de platos de cerÁmica y azulejos tapiza el muro del fondo, de un intenso azul contra el que se recortan las macetas reciÉn regadas. Una mecedora de madera de olivo, de nuevo, invita al descanso bajo la pÉrgola que sujetan gruesas columnas de inspiraciÓn dÓrica. Hay rosales florecidos, gitanillas y hortensias; en el centro, una tupida palmera bajo la que buscar un poco de sombra.

En la calle PÓsito, otra vÍa sin salida, pueden visitarse tres patios. El del fondo se alza, como un mirador, sobre el meandro que dibuja el rÍo Guadajoz en torno al casco urbano. A la altura del nÚmero 20, abierto a las visitas, un corrillo de vecinos aguarda a los turistas: “El fin de semana pasado vinieron varios autobuses. No nos esperÁbamos recibir a tanta gente”, dice un septuagenario a las puertas de su vivienda. Los residentes enseÑan orgullosos sus viviendas: “Esto no es como en CÓrdoba, donde muchos patios estÁn a la entrada. AquÍ hay que atravesar la casa”, invita una propietaria. Tras pasar varias estancias, se llega al corazÓn del hogar, un patio que es como un pequeÑo claustro en el que la familia se refresca en las tardes cÁlidas de la primavera.

En PÓsito, 6, de gruesos muros, el zaguÁn entreabierto invita a pasar. Los residentes dejan por un momento sus quehaceres domÉsticos para recibir a quienes entran. De lo que debe ser la cocina llega el olor de un guiso. “El patio tiene mucho cuidado. Parece que las flores salen de pronto asÍ, pero hay que dedicarles mucho tiempo”, dice su cuidadora. El grosor de los geranios indica que tienen mÁs de una primavera y mÁs de dos. “Pronto hay que cambiarlas, porque echan muchas ramas y poca flor”, apunta la propietaria. El patio, blanco y amplÍsimo, invita a quedarse.

En la calle golpea de nuevo el sol. Los vecinos de la calle PÓsito interrumpen su tertulia y despiden a los visitantes. La ruta puede llegar hasta la calle Arco. En el nÚmero 8, el pequeÑo patio de JosÉ Manuel MillÁn recuerda a los de las antiguas casas Árabes, con su pozo de aguas cristalinas y frescas y el pavimento con dibujos geomÉtricos de chino cordobÉs. Un limonero y una buganvilla florecida completan la estampa. MÁs patios aguardan en las calles Muchotrigo, Los Molinos o Llano del Convento. SÓlo hay que dejarse llevar y empezar a descubrirlos.

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